sábado, 22 de mayo de 2021

Mi verano del 63

En 1963 llegamos a vivir a Izúcar de Matamoros, Puebla.
Antes de llegar a vivir ahí, vivimos de arrimados en un departamento de la abuela María Elena, en la ciudad de México. 
Todavía éramos una familia «pequeña»: mamá, papá, Leynis, Yo, Nerus, y Lupis.
 Llegamos al pueblo de Izúcar a una casa de una planta, de tres recamaras. No había refrigerador, ni estufa ¡creo que ni camas! 
 
Pero recuerdo que la casa era muy luminosa, yo me sentí bien ahí, debo haber tenido 6 años. Mi madre siempre ha sido una mujer de espíritu resistente no la oí quejarse ni hacer malos comentarios, supongo que también estaría contenta de estar en «su casa» con su prole, y no de arrimados como estábamos. 

Mi madre cocinaba en un anafre, con carbón. Había por ahí una pequeña y rústica mesa de madera, donde se ponían dos, tres platos. Y nos sentabamos sobre algunos tabiques que encontramos por ahí. Yo feliz, pues sentía que diario era día de campo, además como nos mudamos en tiempos de vacaciones (mis papás siempre cuidaron mucho que fuéramos a la escuela) fue para mí un verano genial, días de campo a diario, en esos días no lo recuerdo, pero como no teníamos gas tampoco, me imagino que debimos habernos bañado en una tina de acero galvanizado que poniamos al sol en el patio de la casa  para que estuviera calientita y además disfrutar de baños de sol.

 Desayunábamos gorditas y sopes, con atole de Maizena, eso sí preparado con leche de vaca que siempre tomamos, y que era entregada diario por las mañanas por un señor que pasaba a caballo o en bicicleta y que entregaba, midiendo, litro, a litro, y que nosotros recibíamos en una olla de peltre. Mi madre la hervía y diario había natas, que a mis hermanos les gustaban mucho y se las comían con pan. 
 
Yo al llegar al pueblo, luego luego empecé a explorarlo. Al sur de la casa estaban grandes huertas de frutales: mangos, moras, chicozapotes, zapote negro, chirimoyas, anonas, un zapote amarillo que le decían caca de niño, y que sí tenía el color de los pañales que yo le cambiaba a mi hermanitos. 

La comida: sopas de pasta, y ¡Milanesas! Un banquete.
La cena quesadillas y frijoles de la olla y otro vaso de leche. Todo cocinado en el anafre.
Así fue mi verano del 63
Esta foto ☝️es de mucho tiempo antes, porque no tengo una de 1963

4 comentarios:

Carmen dijo...

De principio a fin leí con lágrimas en mis ojos!
Gracias a la vida le doy por tenerte como mi hermano mayor, eres mi ejemplo desde que tengo uso de razón.

Magdalena Ornelas dijo...

Gracias Jorge, fiel a tu palabra, nos deleitas con una simpática reseña del 63. La foto es del 64, ya que nuestra hermanita, la más pequeña nació ese año. Muy interesante leer, como cada quien recuerda sus vivencias diferente. Ah! Por cierto, “la pequeña y rústica mesa de madera” está en la cocina de la casa de Doña Lupita! Y si esa mesa hablara que nos contaría?

Jorge Ornelas dijo...

Y tú mi hermanita querida. Tu llevabas los pañales de zapote amarillo y yo los cambiaba con cariño. Además sólo te dormías si yo hiba a arull
arte.

Jorge Ornelas dijo...

Pues hagámosla hablar. Saldría un pequeño libro con el título: «Recuerdos de la mesa»

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